
Culpa. ¿Y si en el fondo era un bicho bueno? ¿Y si tenía planes, amores, amantes, hijos, en fin, una vida por vivir? ¿Y si estaba de paso por casa y no pensaba en atacarme?
Bueno, es así: o ellos, o yo. Algo como lo que le pasa a Clint Eastwood, en su personaje de Harry Callahan, cuando dice “Make my day”, pero con culpa judía."
Los hinduístas y seguidores de Mahatma Prandi, se me quejaron de que Occidente sólo conociera una versión catódica del budismo, única religión del mundo sin Dios. Sin embargo, cuando los “pinché” admitieron ser susceptibles de endiosar a cualquier chiruza con un lindo “tercer ojo” (“asshole”, en el indoeuropeo original). Me pregunta usted a qué me refiero con “ejercer el poder de la dilación”. Creí que quedaba perfectamente claro, pero me veo obligado a reformulárselo en una perífrasis más inequívoca: tener los huevos por el piso.
Sucede que dos personas afines tras hacer “eye contact”, que en castellano se traduce como “Ay, con tacto, plis...”, se ven obligadas a someterse a un tiempo prudencial que precede a la consumación. Denominan a ese prolongado período “conocerse”, pero se trata de un juego de simulacros donde en su des-velo se en-mascaran. Muchos amores fracasan durante ese intolerable proceso, pero no por falta de voluntad o paciencia, sino por carecer de un código en común (teoría de la “Baba de Babel”). Esto sucede porque cada ser humano tiene un idioma personal, derivado de su obligación de quererse a sí mismo por cómo fuera que le haya tocado ser. El “idioma de amor” de cada ser está hecho a imagen y semejanza de su identidad y las experiencias que constituyen su historia. Cuando se empiezan a querer, las personas tratan de llevar las aguas del otro a su propio molino idiosincrático. Un hombre gauchofóbico amigo de otro sin saber que el otro es guay, tenderá a negar toda evidencia de ovejasexualidad en su objeto de aprecio, por considerar a éstas, evidencias de algo malo. Un wagneriano, enamorado de una amante de Mahler, la elogiará por consiguiente sin proponérselo, con insultos. Una joven inductivista pensará que su amado hipotético deductivo es inductivista reprimido..."
La ruta de hormigas habla por sí misma
describe una silueta
curva femenina, silueta Sophia Loren
quijada de Yves Montand barbilla James Dean
ojos afinados Marlene Dietrich
corte capilar por los hombros Hedwig Lamarr
y le pierdo el rastro.
Continúa
por los pastos largos
sobre la pared blanca contrasta
pequeñas hormigas rojas.
Me bajo el pantalón y las baño en un chorro de meo
líquido –amarillento apagado- que se esparce sobre ellas.
Insultan,
ahora:
huérfanas
perdidas
buscan entre el olor a orina el rumbo,
la vuelta al hogar
y el sol se hace diminuto frente a ellas.
La ruta vuelve a colmarse, prolijamente
un solo andén del trazo de Brunelleschi.
Me recuerda a cuando era chico.
Las mataba sin piedad
una a una
diferenciando las jerarquías.
Bastaba imaginarme llegar a la reina
y convertirlas en hormigas anarquistas sufridas
apátridas, inmoladas hormigas muertas
asesinadas por mis manos
hiperquinéticas, psycho killers.
La ruta vuelve a la normalidad.
Ahora parecen una cadera de cubana
Olga Guillot.
Según la perspectiva,
una nariz prominente Ringo Starr,
y se alejan por la medianera para irse a la casa de al lado,
donde están el níspero y sus frutos rancios amados por las cotorras.
¡Hedonistas!
Daban una de Fogwill. Apagá ese cigarrillo, ladrona. A mí no me enseñaron a fumar. Quién te regaló eso, tu novio? No tengo novio. Sólo bailo en el Excelsior. Ya te vi varias veces. Ah, sí, mirá vos. No te habías fijado en mí, chiquita? Para nada. Pero podría haberlo hecho.
En la escena siguiente, mis pies descalzos y yo intentando formar triángulos. Difícil bajar del pony que monto. Difícil decirle que stop, burrito. Dale que da, que no para, zarandea pim, pum, pom. Articulate ésta. Me toca el timbre la piba. Pasá pendeja, están dando una de chorros. Chorros blanquísimos. ¡Estás con la Viela! Vení, sentate, el sillón ya era de este color.
Vi el lunar que tenés en la espalda... Es lo que buscás en una puta, el lunar. El lunar de amor. No juegues, papá pitufo, yo... ya te conozco el truquito. Decís que lo hago mal! Ja, ja, ja! De qué te reís, pendeja. Voy a hacerte despachar más rápido de lo que tenés ganas de seguir agachándote para que te Zas. Ella le pega. Le tuerce el brazo, con la sábana le hace una catacumba, lo acuesta. Saca la pistola del saco de él, grita “¡Quieto!” y se la hace sentir por atrás. ¿Dónde está la guita? ¿Dónde está la guita?"